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¿Mala fauna o mala fama?

¡Pasa la voz!

Las historias de terror impactan más durante la noche, sobre todo si te encuentras en el sitio en donde sucedieron. En una de mis prácticas de campo, en la Sierra de Manantlán, Jalisco, caminando por un sendero y guiándonos por la luz de la luna, mi profesor, y gran amigo, me contó una historia que me hizo estremecer.

Varios años atrás, en ese mismo sendero, él y su estudiante se dirigían rumbo al sitio en donde habían colocado redes de niebla, unas redes de nailon negro muy delgadas y difíciles de percibir, con la que atraparían murciélagos para su estudio. Iban en silencio y sin lientera para no asustar a los animales nocturnos. Al llegar, encontraron los tubos metálicos que sostenían la red doblados y tirados. Intercambiando miradas, daban vueltas tratando de entender lo sucedido. ¿Habría sido un animal más grande? Pero al ver la red, enmarañada y llena de hojarasca, descartaron esa opción de inmediato. Envuelta en ella, yacía un murciélago sin vida pisoteado en el suelo. Al levantarlo, este pequeño animal seguía tibio. No hacía mucho tiempo que había ocurrido. Segundos después, mi profesor notó una extraña presencia. Alguien más los acompañaba. Dirigió disimuladamente su mirada hacia los alrededores hasta encontrarse con una silueta. Una persona en cuclillas los miraba fijamente tras un arbusto. Fingiendo no haberlo visto, y sin decir una palabra, encaminó a su estudiante de regreso al campamento. Al llegar, la chica le preguntó asustada: -Tú también lo viste, ¿verdad?-

Historias como esta suceden muy a menudo, sobre todo en zonas alejadas a las ciudades donde la gente está en contacto directo con los animales silvestres. Probablemente, la persona que se encontró con este murciélago se llevó un buen susto y, sin entender qué hacía un animal colmado de mitos y leyendas atrapado en una red, decidió matarlo.

En México, los murciélagos y otros animales nocturnos, o poco agraciados, son víctimas de maltrato o muerte. A veces por miedo, o simplemente por desconocimiento, mucha gente lastima o acaba con la vida de varios animales que tienen la desventura de tener mala reputación.

Sin duda, uno de los mitos más conocidos es que los murciélagos son “vampiros chupa-sangre” y que hay que cuidarse de ellos. En realidad, de las más de 1200 especies de murciélagos que existen en el mundo, solo tres son hematófagas, es decir que se alimentan de sangre, y las tres se encuentran en México. Sin embargo, de éstas, dos especies comen sangre de aves, lo que nos deja con una sola especie que consume sangre de mamíferos. Una sola especie es, entonces, la que ha desatado miedo en diversas culturas. Se trata del vampiro común (Desmodus rotundus).

En México, son muy raros los casos que se han documentado en donde este murciélago ha atacado a una persona. Generalmente, el murciélago vampiro va tras el ganado. Contrario a lo que se cree, este murciélago no “chupa” sangre, sino que la lame. Para no alertar a sus presas, el vampiro común camina por el suelo y trepa a su presa en vez de volar. Una vez al alcance de las zonas del cuerpo en donde la piel es más delgada, hace un pequeño corte indoloro con sus filosos incisivos y comienza a lamer la sangre que sale del animal. Curiosamente, la saliva de este murciélago posee una sustancia anticoagulante llamado “draculina” que permite que la sangre brote de manera fluida.

Prácticamente, todas las especies de murciélagos son inofensivos para el ser humano, y todos ellos son una pieza clave en los ecosistemas. La fruta que comes en la mañana, tu playera de algodón, la miel que endulza tu té, y hasta el tequila o mezcal que disfrutas en una fiesta, están ligados con los murciélagos, siendo éstos los principales polinizadores en el mundo. Sin ellos, nuestra vida no sería la misma.

Desafortunadamente, en muchos lugares los mitos que acompañan a los murciélagos son más conocidos que el rol que éstos juegan en el planeta. Aunque no es tarea fácil, es fundamental que los programas y proyectos encaminamos a su conservación trabajen de la mano con la gente y, poco a poco, cambiar la percepción que se tiene de ellos, conociéndolos más por sus atributos que por sus connotaciones negativas.

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